mayo 17, 2010

La imaginación al poder de Yoko Ono

Yoko Ono tiene muy bien elegido su nombre porque me la imagino perfectamente capaz de separar a los Beatles. Y no le estoy atribuyendo perversas intenciones a su accionar. Es su poder personal, su energía. Es una mujer que una la siente capaz de lograr lo que sea, con humor e ironía. Una mirada suya alcanza para dar a entender de qué va la cosa. Tiene una profusa imaginación que se apodera de su lengua y, a partir de allí, todo comienza a suceder en una pantalla plana de 40 pulgadas al costado de la conversación, que a esa altura es delirante, incoherente y puede convertirse en imprudente si aparece de improviso algún involucrado.

El día que conoció al que sería su esposo -marino de profesión-, el hombre, habitualmente escueto en palabras y parco en emotividades, movido por los bostezos y desperezos de sentimientos que tenía en pausa, le hizo en unas pocas horas las confesiones que un matrimonio estandar suele compartir a lo largo de los años de contrato. Yoko, apabullada y renuente a aceptar la segunda cita, tomó por buenos los comentarios de amigos en común, quienes le aseguraron que al marino ya no le quedaba nada por vomitar. Además, éstos tuvieron a bien disculparse, incrédulos, en su nombre.

Mientras el marino viaja por el mundo llevando ayuda humanitaria a los países aquejados por guerras y catástrofes, Yoko lo hace por nuestras rutas nacionales y vecinales llevando la ley y el orden a los juzgados. Cada uno dentro de su profesión, comparten el amor por la justicia y la protección a los débiles. Eso siempre y cuando a Yoko le toque defender al empleado que no al patrón. Y el marino no quede a la orden de una armada más poderosa que la nuestra, que dirija las acciones para lograr la paz en la zona de desastre.

Yoko colecciona gorros increíbles que a ella le quedan estupendos pero que en otras cabezas -la mía- son imperdonables. No vi si tiene bufandas para hacer juego, pero estoy pensando seriamente, ahora que se aproxima el invierno, en regalarle un par de agujas y varias madejas de lana, para que las esperas entre viaje y viaje se le hagan más llevaderas y poder mantener alejados a los muchachos del banco de suplentes, que de eso se trata ser una Penélope a la altura del matrimonio que eligió tener, seguramente no por azar: la rutina jamás se interpondrá entre ella, el marino, los portaligas y las medias de red.

mayo 15, 2010

Los caminos de la Libanesa

Vino la Libanesa, oportunidad para juntarnos a tomar mate, comer masitas y hablar de su casamiento. A las 5 en lo de Yoko. Mangacha y yo llegamos juntas. Ella nos esperaba instalada en el sofá, su pañuelo de colores alrededor del cuello, sus caravanas grandes y su sonrisa de mujer plena, feliz.

La Libanesa estudió en la universidad durante seis o siete años. Desarrolló una carrera profesional y funcional durante más de diez años. Se compró un apartamento de grandes dimensiones, de estilo, hecho paté, y lo transformó en su cálido refugio, donde cada mueble, cada objeto, reflejaba la idiosincrasia ecléctica, abierta y cosmopolita de una mujer que, además de viajar por muchas ciudades, lo ha hecho por el intelecto de gentes de toda procedencia -política, filosófica...- y ha bebido a su antojo de cada uno.

Una vez la llamé por teléfono y la encontré en cama haciendo reposo obligado debido a un accidente tonto que la había dejado inmovilizada. Es la única manera de que pare. Su hiperactividad, potenciada por su ansiedad, hacen de ella una máquina de picar carne, su propia carne.

Como suele suceder, el amor aparece cuando menos se lo espera y en circunstancias que uno no determina. Durante algunos meses compartió abrazos virtuales de lunes a viernes y reales los fines de semana. Viajaba 1000 kilómetros hacia el norte un viernes cada dos y volvía el lunes, agotada y radiante a la vez, del aeropuerto al trabajo.

Para agosto de 2009 terminó de hacer sus bolsos y se fue del todo. Pidió licencia sin goce de sueldo, dejó su espléndida casa vacía, su familia, sus amigos, su rutina, y partió con una brújula casera, hecha de intuiciones y sentimientos redescubiertos.

La Libanesa representa lo que más admiro en una persona: el tesón para construir, la claridad para saber cuándo es hora de cambiar y el valor para hacerlo. En el bolso de mano cabe lo que se necesita para recomenzar. En el alma, todo lo demás.

mayo 09, 2010

El cumpleaños de Mangacha


Fue el cumpleaños de Mangacha. Iba a ser un evento glamoroso, como ella, como el lugar que eligió, así que me puse a tono con mi nombre -que no con mi apellido- y recurrí al perfume, los tacos y esas cosas. Cuando llegué -tarde- ya estaban casi todos. Pisándome los talones apareció Yoko Ono y dimos por cerrada la lista de asistentes. Pues no.
-No sabía que estaba invitado, Mangacha.
-No lo estaba, eh, yo no lo invité.

A algunos ex les gusta aparecer de improviso. Saludó a todos y se instaló cerca de gente amigable -Mangacha y él comparten compañeros de trabajo y negocios-. Su actual no pudo acompañarlo. Una novia en otro país es lo que algunos hombres necesitan para poder mantener todos los vínculos afectivos al día.

Sincronicidades- pensé, y puse al tanto a las chicas de la inesperada visita de mi ex un par de horas antes, con un regalo de cumpleaños varios meses atrasado que apareció por azar en medio de una limpieza general, si es que voy a dar por buena la historia. Pero mejor vuelvo a la fiesta.

Ella, Mangacha, estaba hermosa. Discreta y luminosa, diría. Es la Linda Hamilton de nuestros tiempos. Suele entrar dormida y arrastrando su valija compacta al baño del aeropuerto, para salir maquillada y de tailleur, lista para los business. No sé si atrapa villanos pero seguro los hace firmar contratos millonarios. Aquí es cuando no entiendo por qué su ex-secretaria le dijo que no quería tener una vida como la suya.

Yoko Ono mientras tanto me explica que no puede viajar a Buenos Aires con nosotras justo ese fin de semana, ya que su esposo -marino él- vuelve a casa luego de varios meses de viaje de ayuda humanitaria por esos rincones abandonados por dios y recordados por nuestra armada en desmedro de las relaciones conyugales y el sexo monogámico correspondiente.

Las tres lamentamos la ausencia de la Libanesa, mujer generosa si las hay, tanto que me quedé con sus amigas mientras ella regentea una cadena de cafés en el vecino país norteño. Nos llevó casi dos años pero lo logramos, su hermana y yo. Le presentamos al único candidato disponible en 1000 kilómetros a la redonda. Lejos por fin, me hice amiga de Mangacha y luego de Yoko Ono y ahora nos reunimos para recordarla, desearle suerte en su nueva vida y hacer planes, sin ella.

A todo esto, el ex se comportaba como un invitado más -recordemos que no lo era- sin poder, por su condición, hacer pichisito en el árbol deseado. Mangacha, rodeada de admiradores comprometidos, se preguntaba en qué mieles se bañaría para atraer a esa clase de hormigas.

Cuando todos se fueron, Mangacha, Yoko y yo -y el espíritu de la Libanesa- brindamos por la amistad y, especialmente, por las amigas, las sincronías de la vida y todo el registro de frases cursis que una puede llegar a decir cuando se siente acompañada y comprendida por una par. Larga vida a los mojitos, daikiris y fernandos... Salud!