Vino la Libanesa, oportunidad para juntarnos a tomar mate, comer masitas y hablar de su casamiento. A las 5 en lo de Yoko. Mangacha y yo llegamos juntas. Ella nos esperaba instalada en el sofá, su pañuelo de colores alrededor del cuello, sus caravanas grandes y su sonrisa de mujer plena, feliz.La Libanesa estudió en la universidad durante seis o siete años. Desarrolló una carrera profesional y funcional durante más de diez años. Se compró un apartamento de grandes dimensiones, de estilo, hecho paté, y lo transformó en su cálido refugio, donde cada mueble, cada objeto, reflejaba la idiosincrasia ecléctica, abierta y cosmopolita de una mujer que, además de viajar por muchas ciudades, lo ha hecho por el intelecto de gentes de toda procedencia -política, filosófica...- y ha bebido a su antojo de cada uno.
Una vez la llamé por teléfono y la encontré en cama haciendo reposo obligado debido a un accidente tonto que la había dejado inmovilizada. Es la única manera de que pare. Su hiperactividad, potenciada por su ansiedad, hacen de ella una máquina de picar carne, su propia carne.
Como suele suceder, el amor aparece cuando menos se lo espera y en circunstancias que uno no determina. Durante algunos meses compartió abrazos virtuales de lunes a viernes y reales los fines de semana. Viajaba 1000 kilómetros hacia el norte un viernes cada dos y volvía el lunes, agotada y radiante a la vez, del aeropuerto al trabajo.
Para agosto de 2009 terminó de hacer sus bolsos y se fue del todo. Pidió licencia sin goce de sueldo, dejó su espléndida casa vacía, su familia, sus amigos, su rutina, y partió con una brújula casera, hecha de intuiciones y sentimientos redescubiertos.
La Libanesa representa lo que más admiro en una persona: el tesón para construir, la claridad para saber cuándo es hora de cambiar y el valor para hacerlo. En el bolso de mano cabe lo que se necesita para recomenzar. En el alma, todo lo demás.

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