
Fue el cumpleaños de Mangacha. Iba a ser un evento glamoroso, como ella, como el lugar que eligió, así que me puse a tono con mi nombre -que no con mi apellido- y recurrí al perfume, los tacos y esas cosas. Cuando llegué -tarde- ya estaban casi todos. Pisándome los talones apareció Yoko Ono y dimos por cerrada la lista de asistentes. Pues no.
-No sabía que estaba invitado, Mangacha.
-No lo estaba, eh, yo no lo invité.
A algunos ex les gusta aparecer de improviso. Saludó a todos y se instaló cerca de gente amigable -Mangacha y él comparten compañeros de trabajo y negocios-. Su actual no pudo acompañarlo. Una novia en otro país es lo que algunos hombres necesitan para poder mantener todos los vínculos afectivos al día.
Sincronicidades- pensé, y puse al tanto a las chicas de la inesperada visita de mi ex un par de horas antes, con un regalo de cumpleaños varios meses atrasado que apareció por azar en medio de una limpieza general, si es que voy a dar por buena la historia. Pero mejor vuelvo a la fiesta.
Ella, Mangacha, estaba hermosa. Discreta y luminosa, diría. Es la Linda Hamilton de nuestros tiempos. Suele entrar dormida y arrastrando su valija compacta al baño del aeropuerto, para salir maquillada y de tailleur, lista para los business. No sé si atrapa villanos pero seguro los hace firmar contratos millonarios. Aquí es cuando no entiendo por qué su ex-secretaria le dijo que no quería tener una vida como la suya.
Yoko Ono mientras tanto me explica que no puede viajar a Buenos Aires con nosotras justo ese fin de semana, ya que su esposo -marino él- vuelve a casa luego de varios meses de viaje de ayuda humanitaria por esos rincones abandonados por dios y recordados por nuestra armada en desmedro de las relaciones conyugales y el sexo monogámico correspondiente.
Las tres lamentamos la ausencia de la Libanesa, mujer generosa si las hay, tanto que me quedé con sus amigas mientras ella regentea una cadena de cafés en el vecino país norteño. Nos llevó casi dos años pero lo logramos, su hermana y yo. Le presentamos al único candidato disponible en 1000 kilómetros a la redonda. Lejos por fin, me hice amiga de Mangacha y luego de Yoko Ono y ahora nos reunimos para recordarla, desearle suerte en su nueva vida y hacer planes, sin ella.
A todo esto, el ex se comportaba como un invitado más -recordemos que no lo era- sin poder, por su condición, hacer pichisito en el árbol deseado. Mangacha, rodeada de admiradores comprometidos, se preguntaba en qué mieles se bañaría para atraer a esa clase de hormigas.
Cuando todos se fueron, Mangacha, Yoko y yo -y el espíritu de la Libanesa- brindamos por la amistad y, especialmente, por las amigas, las sincronías de la vida y todo el registro de frases cursis que una puede llegar a decir cuando se siente acompañada y comprendida por una par. Larga vida a los mojitos, daikiris y fernandos... Salud!

Mi viejo tenía un dicho que enunciaba con su media sonrisa cómplice: «Bien y vos, dijo la Mangacha», devolviendo alguna que otra interpelación.
ResponderEliminarbien podría ser esta mangacha, acostumbrada como está a ser interpelada
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