Yoko Ono tiene muy bien elegido su nombre porque me la imagino perfectamente capaz de separar a los Beatles. Y no le estoy atribuyendo perversas intenciones a su accionar. Es su poder personal, su energía. Es una mujer que una la siente capaz de lograr lo que sea, con humor e ironía. Una mirada suya alcanza para dar a entender de qué va la cosa. Tiene una profusa imaginación que se apodera de su lengua y, a partir de allí, todo comienza a suceder en una pantalla plana de 40 pulgadas al costado de la conversación, que a esa altura es delirante, incoherente y puede convertirse en imprudente si aparece de improviso algún involucrado.
El día que conoció al que sería su esposo -marino de profesión-, el hombre, habitualmente escueto en palabras y parco en emotividades, movido por los bostezos y desperezos de sentimientos que tenía en pausa, le hizo en unas pocas horas las confesiones que un matrimonio estandar suele compartir a lo largo de los años de contrato. Yoko, apabullada y renuente a aceptar la segunda cita, tomó por buenos los comentarios de amigos en común, quienes le aseguraron que al marino ya no le quedaba nada por vomitar. Además, éstos tuvieron a bien disculparse, incrédulos, en su nombre.
Mientras el marino viaja por el mundo llevando ayuda humanitaria a los países aquejados por guerras y catástrofes, Yoko lo hace por nuestras rutas nacionales y vecinales llevando la ley y el orden a los juzgados. Cada uno dentro de su profesión, comparten el amor por la justicia y la protección a los débiles. Eso siempre y cuando a Yoko le toque defender al empleado que no al patrón. Y el marino no quede a la orden de una armada más poderosa que la nuestra, que dirija las acciones para lograr la paz en la zona de desastre.
Yoko colecciona gorros increíbles que a ella le quedan estupendos pero que en otras cabezas -la mía- son imperdonables. No vi si tiene bufandas para hacer juego, pero estoy pensando seriamente, ahora que se aproxima el invierno, en regalarle un par de agujas y varias madejas de lana, para que las esperas entre viaje y viaje se le hagan más llevaderas y poder mantener alejados a los muchachos del banco de suplentes, que de eso se trata ser una Penélope a la altura del matrimonio que eligió tener, seguramente no por azar: la rutina jamás se interpondrá entre ella, el marino, los portaligas y las medias de red.
mayo 17, 2010
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